Estimado Lector:
Dios respaldó a David en las conquistas militares y en la administración de Israel. Los filisteos, moabitas, sirios, edomitas, amonitas y otros pueblos fueron derrotados, mientras el territorio de Israel se fortalecía. David recibió grandes cantidades de oro, bronce y otros recursos que posteriormente serían utilizados por Salomón para la construcción del templo. Todo lo obtenido fue dedicado al Señor, reconociendo que la victoria no dependía solamente de la capacidad humana, sino del respaldo de Dios.
David reinó sobre todo Israel y administró justicia para el pueblo. Contó con hombres que desempeñaban diferentes responsabilidades dentro del reino. Sin embargo, las victorias y el poder no significaban que estuviera libre de equivocaciones. En el conflicto con los amonitas, la desconfianza y humillación de los mensajeros provocó una guerra. Joab dirigió al ejército y derrotó a los enemigos y a sus aliados sirios. Finalmente, los sirios se rindieron y Amón quedó debilitado.
Se presenta una advertencia importante. David decidió realizar un censo de Israel, aun después de haber recibido una advertencia. Al reconocer su error, comprendió que había actuado movido por el orgullo y se arrepintió delante de Dios. Las consecuencias fueron dolorosas para el pueblo, pero David intercedió y presentó sacrificios. Dios detuvo la plaga, y la era de Ornán quedó señalada como el lugar donde posteriormente se edificará el templo. Así se evidencia que Dios puede transformar en una situación de fracaso en parte de su propósito cuando existe un verdadero arrepentimiento.
El Salmo 68 presenta al Señor como el Dios del triunfo. Él vence a sus enemigos, defiende a los necesitados, es padre de los huérfanos y defensor de las viudas. También acompaña a su pueblo, lo sostiene en el camino y demuestra que ningún ejército tiene mayor poder que Él. Por eso, todas las naciones son llamadas a reconocer su grandeza y alabarlo.
Comentario: Su propósito no depende del reconocimiento de las personas, sino de permanecer fieles a Él. Las dificultades, la preparación y aun los errores pueden convertirse en oportunidades para aprender, crecer y acercarse nuevamente a Dios.
Una vida transformada por Jesucristo refleja su obra. La restauración, los cambios y las nuevas oportunidades recibidas son motivos para darle gloria y honra. El verdadero propósito se encuentra en vivir en obediencia al Señor, permaneciendo en sus caminos y reconociendo que todo lo que se es y se alcanza debe conducir a la gloria y honra de Dios.
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